miércoles, 29 de julio de 2015

Gracia y Predestinación


Gracia Predestinación






 

El dogma de la Predestinación es de gran belleza para nuestro entendimiento. Asombra con perfecta lógica para la comprensión de la naturaleza de Dios y nuestra creación con la salvación para la vida eterna. Pero es de difícil aplicación en la evangelización porque, a diferencia de la existencia de Dios, no se presenta como intuición. La negación de Su existencia pretende justificar el pecado, pero también se niega a Dios si suponemos que nos salvamos por nuestros propios méritos.

“La vida eterna es un fin que excede la proporción de la naturaleza humana; por lo cual el hombre, con sus fuerzas naturales, no puede hacer obras meritorias proporcionadas a la vida eterna, sino que para esto  necesita una fuerza superior, que es la fuerza de la gracia. Luego sin la gracia no puede merecer la vida eterna. (Suma Teológica, Parte I-II, q. 109, art. 5, in c.).” Las criaturas están ordenadas por Dios a un doble fin. Un fin natural y otro sobrenatural. El pecado tiene consecuencias naturales y sobrenaturales. El hombre quiere el mal, “como bien aparente”, desde el comienzo de su existencia porque realiza todo lo que le place de inmediato, aun oponiéndose a la ley de Dios. Así todos los hombres merecen su condenación, pero Dios elige a sus predestinados a la gloria eterna y los libera con Su gracia del pecado, moviendo el libre albedrío al arrepentimiento y reconciliación. La gracia suficiente dada a todos los hombres para su fin sobrenatural, puede ser rechazada- por su naturaleza caída por el pecado original- si no es acompañada por otra gracia eficaz e infalible. Con los Mandamientos, Jesús, los Sacramentos, las gracias suficientes, Dios mueve a evitar el pecado, pero lo permite. La gracia eficaz mueve la libre voluntad del hombre hacia su salvación y la bienaventuranza sobrenatural de ver a Dios. Él nos da  la gracia suficiente- a todos- que entonces tenemos la ‘capacidad de hacer’ (desde conocer y entender) el bien; y la gracia eficaz también actuando en todos, aunque no siempre,  con la que ‘realizamos de hecho’ el bien. Unos se condenarán eternamente sin arrepentirse de todos sus pecados al rechazar la gracia suficiente (por su culpa), y a otros predestinados la gracia eficaz los llevará a perseverar hasta la salvación. Unos se condenan por su culpa mientras otros son salvos. Dios no puede ser frustrado por su creación. Como unos merecen su condenación eterna posterior a la previsión de sus culpas, otros son elegidos por Dios y predestinados a la bienaventuranza eterna “ante praevisa merita”.

En Jesucristo, como persona de la naturaleza divina y su condición de verdadero hombre con su naturaleza consubstancial, la gracia personal es “absolutamente infalible”. Hay teólogos que explican la salvación exclusivamente con la redención por Nuestro Señor Jesucristo de todos los hombres- tomando para sí toda condenación- y con la gracia santificante recuperada con el Bautismo. Señalan que en Jesucristo se ha manifestado el amor de Dios para todos los hombres y por eso todos estamos elegidos. Para esto se reconoce “una gracia capital” en Cristo,- que no es una gracia distinta sino un aspecto de esa misma gracia personal-, con su acción santificadora sobre todos los hombres según algunos, o a los miembros de la Iglesia según otros.  

Otros teólogos enfatizan que la Redención de todos los pecados y el Bautismo para recuperar la gracia sobrenatural, no significa que el hombre deje de perder reiteradamente, por el pecado, el estado de gracia santificante. Hace falta entonces la moción de la voluntad humana llamada gracia actual, que puede ser eficaz  o suficiente. Entendemos que la gracia suficiente puede ser rechazada (Dios permite el pecado) mientras que la gracia eficaz libre e infaliblemente mueve a obrar el bien. Nuestro Salvador fundó la Iglesia para comunicarnos por ella las ayudas necesarias para salvarnos eternamente.


Si no existiera Dios tampoco la lógica. Aquí el axioma es que Dios existe. Y en este tema los razonamientos se refieren nada menos que a la naturaleza de Dios. El amor de Dios es gratuito para sus elegidos desde la eternidad sin contradecir nuestra libertad.  Por Su voluntad nuestros méritos son por participación del designio divino porque Dios mueve y excita el libre albedrío, desde la mejor elección para que lo invoquemos, pues el hombre no puede nada bueno sin Dios.



La Iglesia reconoce la libertad teológica para mantener algunas tesis distintas sobre la gracia.
La existencia de la gracia solamente suficiente y de la gracia eficaz es un punto de doctrina admitido por todos los católicos y contenido en el depósito de la Revelación.  
Para los tomistas (por Santo Tomás de Aquino) la gracia eficaz no depende del consentimiento de la creatura y cuando está presente mueve infaliblemente a la voluntad a la realización de actos libres y de hecho nunca es rechazada. Para los molinistas (por el sacerdote jesuita Luis de Molina) la gracia se vuelve eficaz por el consentimiento de la creatura.
Dios ama a todos los hombres, pero ama más a los más santos. De hecho, son más santos porque Dios les ama más. Es más, Dios ama todo lo existente que crea, que es para bien, mientras que el mal es su negación o no-ser. Dios ama a todos los hombres, con el evangelio, la oferta de salvación con su Hijo encarnado y el llamado al arrepentimiento con la gracia suficiente y sus mandamientos. Con Su amor, justicia y misericordia elige al crearlos a quienes serán salvos para la vida eterna. El amor de Dios con la gracia eficaz es para que los que creen no se pierdan aun como penitentes arrepentidos. Dios quiere el bien para cada ser existente y a cada hombre le da a conocer el camino para su salvación aunque en algunos permite su perdición. Dios ama menos al pecador no arrepentido y elige con la gracia eficaz para la vida sobrenatural a quienes ama más. 
Dios es acto puro y pura forma, sin composición física ni metafísica. Aristóteles lo considera como acto puro porque en Él no se encuentra ninguna potencialidad y es eterno e inmutable.


La naturaleza de Dios es absolutamente ‘gigantesca’ respecto a toda infinitud imaginable. Dios decreta nuestra salvación por la gracia. No decreta nuestra condenación (sería absurdo que nos creara con este fin). No hay doble predestinación divina a la salvación y a la condenación. Aunque lo prevé Dios no quiere el pecado, simplemente lo permite. Su gracia nos mueve a rogar que nos cuente entre Sus elegidos. Desde la eternidad “antes de la fundación del mundo”, Dios, para quien no transcurre tiempo, de todo el género humano, a unos los condena con posterioridad a la previsión de sus propias culpas, y a otros los elige- antes de la previsión de sus méritos- predestinándolos a la salvación. 
Enseña santo Tomás de Aquino: “Así como la predestinación incluye la voluntad de otorgar la gracia y la gloria, así también la condenación incluye la voluntad de permitir a alguien caer en culpa y recibir la pena por la culpa”. La condenación es por Su voluntad consecuente.


Dios es en su eternidad. Es Acto Puro. En Su actualidad sin sucesión, es causa de todos los momentos del tiempo. Dios nos crea en la historia que ya conoce antes de que hayamos percibido/transcurrido nuestro tiempo y cuyos cambios ya están cumplidos en Su eternidad, sin eximirnos de ser causas segundas en su plan salvífico para el que no debemos ceder a ningún quietismo o fatalismo. En la actualidad de Dios, que en su eternidad es creador del tiempo, podría decirse que nuestras vidas temporales ya transcurrieron. Que Dios, predestina y reprueba en su eternidad, con “anterioridad” a nuestra existencia actual (con anterioridad a nuestra existencia actual y a la existencia actual de Julio César, san Juan Pablo II, etc.), no debe confundirse con su previsión para la justicia cuando condena “luego” de la previsión de deméritos en aquellos que se pierden por sus propias culpas, ni para la misericordia cuando predestina a sus elegidos “antes” de la previsión de méritos y grados de gloria.  



Señala el Catecismo de la Iglesia Católica en en 488: "Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle un cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27): «El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la Encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida» (Lumen Gentium 56; cf. 61). Se explica la predestinación al consentimiento de la virgen María, con la enorme gracia que Dios le otorgó desde su Inmaculada Concepción.

“Dios, cuando crea a Adán ante sus ojos divinos ve erguirse la imagen preciosa de su Hijo que un día se haría hombre... (Jesucristo, el Nuevo Adán, en RIIAL)”.
La importancia de la oración es reconocida por santo Tomás reiteradamente, y se refiere concretamente a la actividad libre del hombre en el esquema de la predestinación. “Por lo tanto, así como Dios provee los efectos naturales de modo que también tengan causas naturales sin las cuales no se producirían, así también la predestinación de alguien a la salvación por Dios es de tal modo que también en la predestinación está comprendido todo lo que promueve la salvación del hombre, bien sean sus propias oraciones o las de los demás, u otras cosas buenas sin las que alguien no alcanza la salvación. Por eso, los predestinados deben esforzarse en orar y practicar el bien, pues de este modo se realizará con certeza el efecto de la predestinación” (Sto. Thomas, I, Q. XXIII, a. 8). 
Santo Tomás se ajusta a la Sagrada Escritura en cuanto a una predestinación ya decretada por Dios.                                                                                                                               

En palabras del Apóstol en 2 Pedro 1,10: “por tanto, hermanos, poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra  elección. Obrando así nunca caeréis”.                     
Una de las más importantes peticiones de la Liturgia, es para que Dios nos libre de la condenación eterna y nos cuente entre sus elegidos.                                                  


Nuestra confianza en la gracia, con la oración, como nos enseña Jesús: “hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo”.                                                                     
Sobre la Voluntad divina dice San Pablo en Efesios 1, 3-6: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado”.

La relación real entre Dios y el hombre no puede implicar una relación mutua de igual rango por ambas partes, pues Dios no sería Dios, ni el hombre sería creatura. Cuando Dios crea la sustancia compuesta (alma y ‘materia’) que es cada hombre, lo participa de su naturaleza divina con su gracia o bondad, que tiene admirable efecto en el alma para mover la voluntad o libre albedrío conforme a sus mandamientos. La gracia eficaz infaliblemente perfecciona la esencia del alma en la substancia que es el hombre como realidad en sí. La gracia es forma accidental del alma pero de naturaleza más noble. “El accidente es superior a su sujeto”. Sustancialmente la gracia siempre es divina, pero con ella Dios crea a los hombres destinando la voluntad de sus elegidos a la perseverancia final para su salvación, mientras que en otros, que con culpa se apartan de Él, sin recurrir como los elegidos a la reconciliación para recuperar la gracia santificante recibida por el Bautismo, permite su condenación. 
La primera pareja humana vivía en estado de gracia único. Es por la caída del hombre que el Hijo encarnado redime a la humanidad, tomando para sí toda condenación y haciendo recuperar al hombre, con el sacramento del Bautismo, la gracia santificante.                 
Pero la Redención de todos los pecados y el Bautismo para recuperar la gracia sobrenatural, no significa que el hombre deje de perder, por el pecado, el estado de gracia. Hace falta entonces la moción de la voluntad humana llamada gracia actual, que puede ser infalible o suficiente, según vaya acompañada o no de las obras buenas correspondientes. 
No hay gracias que muevan al mal y las gracias actuales (no deben confundirse con una especie de gracia habitual como es la santificante) suficientes son rechazadas ‘libremente por la voluntad’ porque Dios lo permite. ¿Cuál es el problema que impide entender a algunos que en correspondencia la gracia eficaz creada mueve libremente a obrar el bien?  Hay  gracias eficaces que acompañan la creación del hombre y lo mueven infaliblemente al acto libre bueno.


Domingo Bañez, uno de los principales comentadores de Santo Tomás de Aquino, explica que la gracia suficiente “inspira al hombre el camino recto”. La gracia suficiente, cuando no es rechazada, dispone a la voluntad para recibir el auxilio infalible de la gracia eficaz. Se puede entender esto, porque recibimos y tenemos gracias suficientes como tenemos los Mandamientos, a Jesucristo, el Evangelio, el Bautismo, la Reconciliación, la Eucaristía… y Dios permite el pecado. Es evidente que pecamos y algunos con mayor gravedad que otros. Cuando pecamos rechazamos la gracia suficiente. Y si no la rechazamos, recibimos el auxilio de la gracia eficaz e infalible para realizar la obra buena cual sea. Significa definitivamente que nos condenamos por nuestra exclusiva culpa o que nos salva sólo la gracia de Dios.
Aquí es importante apuntar que San Alfonso María de Ligorio propone como explicación que “la gracia suficiente da a cada uno la acción de rogar si quiere, actividad que debe ser numerada entre las cosas fáciles; y con la oración se consigue la gracia eficaz” (Obra dogmática contra los herejes). Marín-Sola reconoce que, “la oración del pecador, como enseña santo Tomás se funda en pura misericordia divina, y, por tanto, la infalibilidad de la impetración, mediante la oración, no quita en nada el carácter completamente gratuito de lo impetrado, esto es, de la perseverancia final, ni, por consiguiente, de la gratuidad de la predestinación”.
No se puede dudar de la necesidad de insistir en la oración y en recibir los Sacramentos. Y todo nos mueve a confiar en que sus efectos alcanzan a Dios, y que es así en circunstancias y momentos oportunos.
Ciertamente nos sentimos felices cuando ‘comprobamos’ que cumpliendo sus mandamientos y realizando de hecho el bien, aumentamos la esperanza de que Dios en su eternidad ‘ya’ nos cuente entre sus elegidos. Se atribuye erróneamente a san Agustín la máxima “Si non es prædestinatus, fac ut prædestineris ". Esta lógica categórica e inmediata, ‘comportarnos obrando bien para sentirnos elegidos’, es cuestionada por teólogos porque ‘las oraciones, buenas obras y perseverancia, no podrían determinar un decreto absoluto e irrevocable’ (lo que nos parece no es la cuestión).
Sobre la oración del Señor, el Padrenuestro, Santo Tomás de Aquino dice que la oración debe ser confiada para acercarnos sin vacilación al trono de la gracia: “acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna” Hebreos 4, 16. “(La oración) es eficaz y útil para la obtención de todos nuestros deseos, Marc 11, 24: ‘todo cuanto orando pidiereis creed que lo recibiréis’. Y si no somos escuchados es que no pedimos con insistencia: ‘en efecto, es necesario orar siempre y no desfallecer’ (Luc 18, 1); o no pedimos lo que más conviene para nuestra salvación. Dice Agustín: Bueno es el Señor, que a menudo no nos concede lo que queremos para darnos lo que más nos favorece".
Todos tenemos conciencia de nuestra libertad para la oración. No esperamos alcanzar lo que pedimos con nuestras solas fuerzas sino con el poder de Dios. La súplica a Dios de sus gracias infalibles y la petición “Señor… líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos”, las elevamos cuando Dios en su eternidad nos crea. Las gracias eficaces son efecto de la predestinación y su causa Dios. La oración es nuestro reconocimiento a la necesidad de la gracia eficaz e infalible para la salvación.  
La salvación como finalidad. No puede carecer de sentido la creación de nuestro Dios personal. También los grandes filósofos, a lo largo de la historia, se manifiestan convencidos de la intervención de una inteligencia suprema orientada a una finalidad. En Dios, lógica y amor se identifican en su plan para nuestra finalidad sobrenatural. Dios crea a toda la humanidad con voluntad antecedente salvífica.                                          


“Voluntad antecedente es la que Dios tiene en torno a una cosa en sí misma o absolutamente considerada (v. gr., la salvación de todos los hombres en general), y voluntad consiguiente es la que tiene en torno a una cosa revestida ya de todas sus circunstancias particulares y concretas (v. gr., la condenación de un pecador que muere impenitente). P. Antonio. Royo Marín”.
Dios es Causa Eficiente Primera de todo ser, acto y bien. Dios no crea al hombre para que incurra en pecados. El hombre es culpable del pecado como causa deficiente.               
Dios no puede ser frustrado por su creación. Unos merecen su condenación eterna posterior a la previsión de sus culpas, y otros elegidos por Dios son predestinados, moviendo su libre albedrío al arrepentimiento y reconciliación, a la bienaventuranza eterna tras cumplir las penas de purificación.
Es aquí donde aparecen algunas tesis distintas, cuya legitimidad es reconocida por la Iglesia, sobre la gracia pero también sobre la predestinación.

Reiteramos que para los tomistas la gracia ‘eficaz’ no depende del consentimiento de la creatura y cuando está presente mueve infaliblemente a la voluntad a la realización de actos libres y de hecho nunca es rechazada. Para los molinistas la gracia se vuelve eficaz por el consentimiento de la creatura.


Enseña santo Tomás de Aquino: “Así como la predestinación incluye la voluntad de otorgar la gracia y la gloria, así también la condenación incluye la voluntad de permitir a alguien caer en culpa y recibir la pena por la culpa”.

Con la gracia suficiente Dios advierte sobre el pecado pero es evidente que lo permite. Es sin duda la 'libertad' tan amada por algunos pecadores.  Con las gracias eficaces infalibles todos los pecadores son movidos a realizar de hecho algunos actos buenos (en el plan salvífico también los malvados deben realizar algunos actos buenos). Así como no hay gracias que muevan al acto malo, tampoco las hay que impidan el bueno. La gracia suficiente como moción moral excita la voluntad para “resistir el pecado, ( ) huir del mal”, pero lo relevante es que “PUEDE SER RECHAZADA porque Dios permite el pecado”, mientras que con Su gracia eficaz mueve a obrar el bien, también libre pero infaliblemente. La gracia suficiente 'se puede rechazar' en sentido dividido, y también se 'rechaza de hecho' en sentido compuesto. La gracia eficaz se 'puede rechazar' en sentido dividido pero 'no se rechaza de hecho' en sentido compuesto. La gracia suficiente, cuando no es rechazada, dispone a la voluntad para recibir el auxilio infalible de la gracia eficaz.  
La gracia eficaz para los elegidos es la de perseverancia final, para la conversión y reconciliación definitivas.  Además los elegidos son purificados (Purgatorio) previo a la gloria eterna. Dios no da la gracia de la perseverancia final a los imperdonables.
Santo Tomás no menciona siquiera la “reprobación negativa antecedente” (como consecuencia de la no elección de algunos para la gloria eterna) ni la Iglesia ha emitido su juicio sobre algunas variantes extremas, que no consideran la condición pecadora del hombre sin más remedio que la gracia.
Entonces el molinismo toma ventaja sobre el tomismo, porque según el tomista Domingo Báñez “el pecado sería el producto de un ‘decreto permisivo antecedente’ infalible, esto es de una decisión de Dios, previa a todo defecto por parte de la creatura, de no dar los auxilios suficientes para que determinadas creaturas eviten el pecado. Bañez es partidario también de la llamada “reprobación negativa” de los condenados “ante praevisa demerita”, doctrina que consiste en la afirmación de que la contrapartida de la elección divina de los predestinados es la inevitable reprobación de los que no han sido elegidos, y que esa reprobación es, por consiguiente, consecuencia de un decreto divino que tiene una prioridad de naturaleza respecto del defecto culpable de la voluntad creada de rechazar la gracia. La consecuencia no intentada de esta doctrina consiste nada menos que en poner en tela de juicio la justicia divina, deslizando una inquietante sospecha sobre la arbitrariedad de los designios de Dios” (‘La articulación entre causalidad divina y libertad creada…’ de Agustín Echavarría).



Reproducimos sobre este punto otro texto con distintas fuentes: «Cualquier postura que tomemos sobre la probabilidad interna de la reprobación negativa es incompatible con la certeza dogmática de la universalidad y sinceridad de la voluntad salvífica de Dios, puesto que la predestinación absoluta de los elegidos es al mismo tiempo la absoluta voluntad de Dios ‘de no elegir’ a priori al resto de la humanidad (Suárez) o, lo que viene a ser lo mismo, ‘excluirles del cielo’ (Gonet), en otras palabras no salvarles. Mientras que ciertos Tomistas (Báñez, Álvarez, Gonet) aceptan esta conclusión hasta degradar la ‘voluntad salvífica’, que entra en conflicto con doctrinas evidentes de la revelación. Francisco Suárez se esfuerza para salvaguardar la sinceridad de la voluntad salvífica de Dios, hasta (para) aquellos que son reprobados negativamente. Pero en vano, ¿cómo puede llamarse seria y sincera esa voluntad de salvar que ha decretado desde la eternidad la imposibilidad metafísica de la salvación? El que ha sido reprobado negativamente puede agotarse en sus esfuerzos para salvarse, pero inútilmente. Más aun, para realizar infaliblemente el decreto, Dios está obligado a frustrar la felicidad eterna de todos los excluidos del cielo y preocuparse de que mueren en pecado. ¿Es este el lenguaje con el que nos habla la Escritura? No: allí encontramos a un padre amoroso preocupado ‘no queriendo que algunos perezcan sino que todos lleguen a la conversión’ (2 Pedro 3:9). Leonardus Lessius dice correctamente que sería indiferente para él si estaba entre los réprobos positiva o negativamente, porque, en cualquier caso, su condenación eterna sería cierta. La razón de esto es que en la presente economía la exclusión del cielo significa ( ) prácticamente la misma cosa que la condenación. No existe un estado intermedio, una felicidad meramente natural».




Varios autores utilizando significados alternativos para “reprobación negativa y positiva” proponen que la denominada reprobación negativa es la voluntad divina de permitir el pecado y, en consecuencia, de condenar para siempre al pecador que muera impenitente, constituyendo así el decreto divino de permitir que parte de las criaturas racionales caiga en el pecado. Como sea, la universalidad de la voluntad salvífica de Dios, así no armoniza con la no-elección absoluta para la gloria eterna, o no elección de algunos como consecuencia de la gloria eterna de otros. La no elección de algunos, lógicamente surtiría los mismos efectos que la reprobación absoluta positiva de los herejes predestinacionistas.
Pensamos en un determinado orden lógico de previsión de deméritos y de consecuente predestinación, en aquello que en la eternidad de Dios es nuestra creación, y para nosotros nuestra “consiguiente” existencia real en el tiempo y también finalidad sobrenatural.
Nos encontramos entre quienes no podemos aceptar que la permisión divina del pecado incluya  la negación, anterior a la previsión de deméritos, de determinadas gracias eficaces. Sobre “el orden: permisión del pecado, Su previsión, y negación de la gracia como pena”, tiene plena vigencia el texto de santo Tomás (en “Comentario a las sentencias de Pedro Lombardo” d. 40, q. 4, a. 2.), específicamente donde dice “y de acuerdo con esto la voluntad es culpable y digna del vituperio, ya que el mal y del que es principio la voluntad es así. Pero, si se relaciona con Dios, no se descubre que el defecto de la gracia sea causado por Él, sino solo permitido y ordenado de modo que el defecto de la voluntad es la causa de la pena”. La causa reprobada es la creatura.


La probable solución a la dificultad, que representa la negación de la gloria eterna anterior a la previsión del pecado, pasa por la condición de “libre pecador” del hombre y los grados de gravedad de sus pecados.



Todos reciben gracias suficientes y también otras eficaces infalibles.  Santo Tomás dice “para que algo llegue a donde no puede alcanzar con las fuerzas de su naturaleza, es necesario que sea transmitido por otro, como lo es la flecha por el arquero, y, por esto, hablando con propiedad, la criatura racional, que es capaz de vida eterna, llega a ella como si fuese transmitida por Dios” en relación a que la predestinación se refiere al fin sobrenatural de sus criaturas, distinguiéndola de la presciencia. Entendemos que es lo que significa santo Tomás sobre la salvación de los elegidos.
Dios es causa primera de todo, pero no es causa del pecado, ni siquiera porque no mantenga a su criatura obrando el bien.
Sobre la elección del pecado y la libertad, comprendemos que Dios nos crea con voluntad salvífica en la vida que transcurrimos temporalmente. La gloria eterna es el fin sobrenatural al que predestina a quienes rescata de la masa de pecadores de todo tipo (para Dios también los hay imperdonables). Su voluntad salvífica es anterior a Su creación, a la “existencia real” de sus creaturas; condena por presciencia (tras la previsión de deméritos) y salva por predestinación (antes de la previsión de méritos) a quienes elige con su gracia. Es esencial, entonces, distinguir la Presciencia divina de la Predestinación de sus elegidos. Lo revela la Sagrada Escritura y lo enseña santo Tomás en la S. T. Cuestión 23 y en su comentario a la Epístola a los Romanos, c. 1, lect. 3: “La predestinación entraña cierta preordenación en el ánimo de aquello que hay que hacer. Y desde la eternidad Dios predestinó los beneficios que se les darían a sus santos. De aquí que la predestinación es eterna. Y difiere de la presciencia por la razón de que la presciencia entraña tan sólo el conocimiento de las cosas futuras; y la predestinación entraña cierta causalidad respecto de ellas. Y por eso Dios tiene la presciencia aun de los pecados, pero la predestinación es de los bienes saludables”.


Dios es, supremamente libre, omnipotente, justo y misericordioso. No decreta arbitrariamente. Hay pecadores que merecen mayores penas que otros y es evidente que una cantidad de seres humanos casi seguramente merecen la condenación eterna. Unos se condenan eternamente por sus culpas y otros merecen penas para reparar espiritualmente sus pecados. Por su voluntad antecedente y consecuente, Dios da a todos gracias eficaces suficientes (Mandamientos, Oración, Sacramentos) y gracias eficaces infalibles, pero la gracia eficaz infalible para mover al acto libre de perseverancia final, la otorga sólo a sus elegidos.


Postulamos entonces que en lugar de una ‘no elección’ para la gloria eterna (reprobación negativa antecedente), puede explicarse que con la condena eterna- tras la previsión de deméritos- de quienes la merecen por sus culpas, en el mismo acto quedan elegidos los predestinados.  Es decir, que Dios habiendo creado a todos con gracias suficientes y también otras infalibles, como un decreto inseparable de la condenación de algunos, a otros los predestina a la salvación con la  gracia de la perseverancia final.


Esta es la elección divina de predestinados a la salvación, antes de la previsión de méritos y grados de santidad, y tras la previsión de los deméritos de los que por sus propias culpas merecen la condenación. Es la predestinación de los no condenados. En Dios, obviamente, corresponde a un orden lógico y no cronológico. Lo exponemos como una analogía con la “reprobación negativa antecedente” que para algunos sería la consecuencia lógica de no ser elegidos por Dios para la bienaventuranza eterna. En su lugar proponemos que, al ser ellos  “reprobados positiva y consecuentemente”,  queda determinada  la “elección antecedente” de los que son predestinados a la salvación con la gracia de la perseverancia final.


Cuando Dios crea a todos los hombres, con posterioridad a la previsión de sus deméritos, pecado original y todos los que le siguen, condena a unos eternamente y a otros impone penas de reparación. Aquí recurrimos a Romanos 5,20-21: “La ley, en verdad, intervino para que abundara el delito; pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia; así, lo mismo que el pecado reinó en la muerte, así también reinaría la gracia en virtud de la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor”.


En su eternidad, en el mismo acto creador “antes de la fundación del mundo” Dios elige entre la masa de pecadores, a los que predestina a la bienaventuranza eterna previo cumplimiento de las penas de reparación.
El purgatorio existe porque Sus elegidos lo son entre pecadores. Santo Tomás otorga sentido lógico a la purificación, del pecador en el Purgatorio, previa a la bienaventuranza eterna.


Tiene particular importancia lo que señala el Catecismo de la Iglesia Católica en 600: “Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de “predestinación” incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia ( )”.


Dios tiene presciencia de nuestra existencia real. Su predestinación- en un orden lógico- luego de la previsión de deméritos y antes de la previsión de méritos, es ‘en’ o para la existencia que vivimos.  Por supuesto que la elección es previa a la existencia real del predestinado, quien como todos (a excepción conocida de la Santísima Virgen) incurrirá en pecados antes de la perseverancia final. De Romanos 9 surge que la verdadera predestinación está exclusivamente orientada a la salvación.


Santo Tomás explica admirablemente que, la voluntad salvífica de Dios es universal, así como también su permisión para el pecado. Nadie que ame a Dios debe caer en la desesperanza por temor a la sublime justicia y misericordia de Dios. Él con la libertad creada mueve a la salvación a quienes elige con su omnipotencia supremamente libre. “( ) la voluntad de Dios es la causa universal de todas las cosas, es imposible que la voluntad de Dios no consiga su efecto. Por eso, lo que parece escaparse de la voluntad divina en un orden, entra dentro de ella en otro. Ejemplo: El pecador, en cuanto tal, pecando se aleja de la voluntad divina, y entra en el orden de la voluntad divina al ser castigado por su justicia. (Santo Tomás en Suma teológica I, q. 19, a. 6)”.

Santo Tomás nos enseña sobre la naturaleza divina con absoluta coherencia lógica, ideal para superar temperamentos incrédulos. Dios acto puro, también es Su plan. Es por la “benevolencia de la razón eterna de Dios” que procuramos comprender sus designios, aunque ya intuimos que para Él no aplican dilemas del tipo si primero es el pecado o la negación de la gracia. Dios Trino, con amoroso fin último, predestina a sus elegidos “antes de la fundación del mundo”. La posibilidad de pecar, que nos acompaña siempre en la vida temporal, no tiene que originar ninguna simpatía o resignación luterana hacia el pecado, como si fuera un compañero apreciable motivador de la sola fe, o invencible ‘aun’ por la gracia de Dios. Así tampoco debemos aceptar que luego de su conversión cada hombre no pueda extraviarse, hasta su arrepentimiento y Reconciliación por la gracia. Lo que podemos llegar a entender acerca de la naturaleza de Dios, quita importancia a algunas controversias históricas y nos une como católicos al reconocernos pecadores sin ser luteranos, “confiar” en estar predestinados sin ser calvinistas, y al saber que podemos arrepentirnos del pecado, caída tras caída, rogando a Dios que nos cuente entre sus elegidos, para liberarnos del mal siempre con la moción de su gracia.

Es Dios quien “antes de la fundación del mundo” elige a cuales de sus criaturas rescata del pecado. Para Dios algunos pecadores son imperdonables, de ahí la “negación” de la gracia infalible para merecer la gloria eterna. A los que incurren en la obstinación final, el pecado contra el Espíritu Santo, Dios no los perdona. Nuestro Señor Jesucristo no permite duda alguna (Mc 3,29; Cf. Mt 12:32; Lc 12:10).


Dice san Pablo: "considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros. En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios (Rm 8,18-19)."
"No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús (Flp 4,6-7)."
“Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, porque él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,1-4)."


Dios predestina a la gloria eterna a pecadores. Para finalizar; por lo expuesto afirmamos que, Dios es tan justo que nos juzga por los pecados que nos permite cometer luego de prevenirnos y darnos gracias suficientes y eficaces; y es tan misericordioso que entre los pecadores elige a quienes predestina, con la gracia de la perseverancia final, para la gloria eterna.


Horacio Castro


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